Cuando la muerte te da un mensaje

Vivimos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, cuando ninguno de nosotros tiene asegurado el día de mañana.
Hace unos días, mientras me encontraba en el velorio de un amigo, Don Marcos Pasache, volví a pensar en algo que muchas veces olvidamos en medio de nuestras preocupaciones, nuestros planes y esa costumbre de creer que siempre habrá un mañana para hacer lo que hoy dejamos pendiente. Frente a un ataúd, la vida parece hablarnos de otra manera, nos recuerda que el tiempo pasa, que las personas que queremos no estarán siempre a nuestro lado y que, aunque sabemos que algún día partiremos, vivimos como si la muerte fuera una realidad demasiado lejana.
No sé si alguna vez te has detenido a pensar en lo que significa despedirte de alguien que conociste, con quien compartiste algún momento de tu vida y cuya presencia, hasta hace poco, formaba parte de tu realidad. Es extraño cómo una persona puede estar aquí y, de pronto, dejar de estarlo; cómo la noticia de su partida nos obliga a detenernos por un momento y mirar nuestra propia vida desde otra perspectiva.
Quizás por eso los velorios tienen algo que los hace tan particulares, porque, aunque acudimos para despedir a quien ha partido, terminamos inevitablemente pensando en quienes seguimos aquí. Recordamos a nuestra familia, a nuestros amigos, las conversaciones que dejamos pendientes y las veces que creímos tener todo el tiempo del mundo para decir algo que, al final, nunca dijimos.
La muerte de Don Marcos me llevó nuevamente a esas reflexiones, a preguntarme cuánto de nuestra vida estamos dedicando a lo verdaderamente importante y cuánto tiempo perdemos preocupándonos por cosas que, vistas desde el final de nuestros días, probablemente tendrán muy poco valor. Porque solemos comprender la importancia de un abrazo, de una conversación sincera o de la compañía de alguien cuando nos damos cuenta de que esos momentos no se repiten de la misma manera.
No podemos elegir cuánto tiempo permaneceremos aquí, tampoco sabemos cuándo llegará el momento de despedirnos de las personas que queremos. Lo que sí podemos hacer es decidir cómo vivir mientras tengamos la oportunidad de hacerlo, procurando amar un poco más, perdonar cuando sea necesario, acercarnos a quienes tenemos lejos y dejar de postergar aquello que sabemos que merece nuestra atención.
Por eso, desde hace algún tiempo, promuevo lo que llamo la «nostalgia del futuro», esa manera de imaginarme al final de mis días, deseando regresar a este momento para abrazar nuevamente a quienes amo, corregir mis errores y hacer tantas cosas que quizás fui dejando para después. Y entonces regreso mentalmente al presente y descubro algo maravilloso, todavía estoy a tiempo.
Hoy, estas reflexiones tienen para mí un significado especial, porque nacieron también de la despedida de Don Marcos Pasache, un amigo cuya partida me ha llevado a recordar que la vida es un regalo que no debemos dar por sentado. No sé cuánto tiempo me queda, como tampoco sabes cuánto te queda a ti, pero mientras sigamos aquí, todavía tenemos la oportunidad de hacer el bien, de decir lo que sentimos y de demostrar a las personas que queremos cuánto significan para nosotros.
Quizás ese sea uno de los mensajes más importantes que nos deja la muerte, no recordarnos simplemente que algún día vamos a morir, sino ayudarnos a comprender que todavía estamos a tiempo de aprender a vivir.
En memoria de mi amigo Don Marcos Pasache, cuya partida me invita a valorar aún más el tiempo que Dios nos regala y a recordar que nunca deberíamos esperar a una despedida para reconocer lo importante que alguien es en nuestra vida.
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